No hace mucho reflexionaba junto a mi mejor amigo en una de nuestras habituales charlas cibernéticas, sobre un suceso que me aconteció de niña, tendría no más de 10 años. Era una tarde en la que estaba con mi madre y otras personas, caminando por una carretera a las afueras de la ciudad, esperando que pasara una movilidad, las personas se veían muy apuradas e inquietas por conseguir lo más pronto posible algo que los regresará a la ciudad, pero los minutos pasaban sin parar y no había visos de algo que cumpliera su cometido; esto hacía que la inquietud los agitara, quizás movidos por las prisas o porque no tienen tiempo para perder en un paraje lleno de verdor y hermosura natural, como si sus vidas se le acabaría en aquel instante; para ellos eran tiempo perdidos comentaban con convicción, pero para la niña que también estaba allí era tiempo de quietud y de gozo porque nunca había estado de tarde por un camino como ese.
Un auto rojo descapotable, el más hermoso que jamás había visto pasó por allí, lo seguí con los ojos por todo el recorrido hasta donde ya no podía divisarlo más, estaba absorta, anonadada, admirada, era el asombro más extraordinario que experimentaba y en ese acto de total abstracción y contemplación no me percate que esas exaltaciones internas se habían exteriorizado causando inquietud en mi madre que quiso callar la exclamación bochornosa de mi niña, para ella, mujer conservadora que se formó bajo las normas de Carreño, era un desatino expresarse con tal admiración y me dijo sutilmente: ¡calla hija! ¡no puedes admirarte así! ¡que va a decir la gente que eres alguien que nunca vio algo similar!, estas frases me llenaron de mucho desencanto y tristeza y me decía que no quiero dejar de admirarme y asombrarme por la vida. La mire y en el silencio de mi corazón. una voz me susurro diciendo: ¡pequeña nunca dejes de asombrarte! Y ella restauro la certeza y paz que en aquel instante se convirtió en el faro que me alumbra recordándome que no me deje atrapar por esa sombría certeza de que ya todo lo has visto o que tenga que fingir que ya todo lo conozco y que nada me sorprende.
Esa extraordinaria emoción que viví de niña me hizo descubrir que mi corazón está vivo y que aún hay muchas cosas que me causan asombro y profunda admiración, aquella niña que para los adultos era insensata, había una gran sabiduría que hizo de su dialogo interior la más extraordinaria declaración de vida, que salvó la fe de la mujer de hoy.
No hice mía aquellas sentencias de adultos apurados, que no ven la vida con ojos de niños, me negué a creer lo que ellos decretaban como premisas categóricas e irrefutables, gracias a ello me salvé de vivir cada instante como algo rutinario e intrascendente, pensando que ya todo lo he visto y que todo es igual y que no hay nada en que creer porque la admiración se perdió.
Hoy de adulta no me dejo de admirarme por el sol radiante que en el patio de mi casa me acaricia por la mañana, por el canto de los pajarillos que juguetones saludan el despertar de cada día, revoloteando en el viejo y dañado árbol de pino de mi jardín, por los acontecimientos cotidianos que nunca son iguales, por la presencia de Dios en mi vida y sus incansables expresiones de amor para conmigo y mis semejantes donde me susurra ¡estoy a tu lado!, porque puedo ver como mis ojos y sentir con el corazón la extraordinaria transformación y despertar de la conciencia de las personas que en algún momento de su vida se extraviaron y hoy se vuelven a encontrar mejor de lo que fueron, por la emoción que me produce una bella melodía y el contemplar una hermosa flor que abre sus pétalos a la vida, por el gesto sublime de una niña que parte en dos su único fiambre para compartirlo conmigo,por la mirada de una pequeña que al cruzarse con la mía apurada y preocupada, me regala las más tiernas y duces de las sonrisas, que nunca esperé menos de alguien que no conocía, por mi familia que es mi fortaleza para continuar, hasta por mis mascotas que en un gesto animal besa mis manos que le dan de comer, como una muestra de gratitud.
Bendita capacidad de asombro ¡no te pierdas!, don espiritual que nos permites reconocer apreciar y disfrutar la existencia, eso que hace a los filósofos preguntarse a cerca de los motivos que impulsan a los hombres a cuestionarse acerca de la razón, el fundamento primero y esencial del mundo en que vive y de sí mismo. Ese tener la mente de niño abierta, no contaminada, donde todo es nuevo, sentir lo que nos rodea, ser conscientes de nuestras vidas. Esa capacidad de asombro impide que el ser humano se deje seducir por la soberbia que petrifica y limita su crecimiento personal, así también permite que no nos perdamos en el pragmatismo, la hostilidad y superficialidad que sólo llevan a un estado de infelicidad constante. El asombro nos permite encontrar y disfrutar a Dios cada día y en cualquier lugar.

