a sad boy walking down the school hallway looking down appearing troubled photo

dEJANDO HUELLA

Si uno se decide no pasar de largo, los milagros suceden….

Esta frase resuena en mi mente y corazón desde aquella vez que escribí “Xilocaina en el alma” una reflexión que marco mi vida e hizo que nunca más pase de largo o permita que la anestesia de la indiferencia adormezca mi alma.

¡Zapatero a tus zapatos!, pero si el zapatero está ocupado y alguien espera descalzo su ayuda, ¿Qué hago? ¿Paso de largo, porque no soy la persona apropiada? Este era mi  dialogo interno una mañana de junio de 2016, 8:45 a.m. en un día habitual de clases en el colegio donde trabajo, como toda mañana, la Dirección recibe a algunos padres de familia y casos de estudiantes que requieren la intervención de la máxima autoridad del colegio y hoy no es la excepción, son varios en la espera y ocupan mucho tiempo. Yo como personal administrativo, casi no tengo oportunidad para interrelacionarme con los estudiantes, son los tutores, auxiliares y los docentes que se hacen cargo de ellos, tienen un vínculo más estrecho; pero esta vez sería diferente…

Estaba en mi oficina, absorta en mis pendientes del día, con mis objetivos y metas que cumplir, documentos y gestiones administrativas que realizar, pero de repente tuve que salir para sacar unas copias, muy de prisa y concentrada en lo mío, atravesé la puerta de salida y con el rabillo del ojo divisé alguien sentado en la banca, a la espera de su turno para ingresar a Dirección; me detuve y regrese, era un estudiante de primaria que solitario, cabizbajo esperaba; casi paso de largo pero me detuve, me senté a su lado y con dulce voz le pregunte:

¿A quién esperas hijo? ¿Cuál es tu nombre?

Soy Frank me dijo y me mandaron a Dirección por que llego siempre tarde, mi maestra dice que está cansada de mí porque siempre es lo mismo.

Se notaba en su respuesta un aire de resignación y tristeza.

Me quede a su lado un rato en silencio, contemplándolo, él tenía fijada la mirada en el vacío con una aire de cansancio y tristeza.

Coloque mi brazo en su hombro y le pregunte:

¿Quieres contarme, a qué hora llegaste hoy? ¿Qué haces por la mañana antes de venir?

 Y él sólo me respondía con monosílabos, pero… cuando le pregunte:

 ¿Cómo te sientes estando aquí?

 El pequeño de 6° grado levanto la carita y me miro, recién vi sus ojos verdes, grandes que hacen tono con su blanca piel y sus lindas pecas y respondió:

¡Triste miss!, y nuevamente fijo su ojos en el vacío.

¿Te gustaría que esto sea diferente? Le pregunte

 No sé, todos dicen que no hago las cosas bien.

¿Cuéntame que te gustaría ser de grande?

Arquitecto, me respondió

¿Qué te gusta de los arquitectos?

Que pintan y dibujan muchas casitas.

¿Dime, a ti te gusta pintar y dibujar?

Y una luz ilumino su pequeño rostro y brillo sus ojos verdes y me respondió:

¡Si miss! ¡Me gusta dibujar y pintar! Me respondió con entusiasmo.

Fue la primera vez que vi una bella sonrisa dibujada en su rostro.

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Así iniciamos una conversación, entre él y yo, donde mostré interés por lo que le gustaba, las cosas que hacia bien, como le iba en su casa, conversamos sobre qué cree que es la puntualidad, como afectaría que no sea puntual cuando sea arquitecto, hasta le propuse algo diferente que le ayude a cambiar sus hábitos y que mejore, lo animé e hice notar que podía hacerlo, que sería un reto para él.

Hicimos un trato,  cada vez que llegara temprano, se acercaría a mi oficina para ponerle una felicitación en su agenda y si por algún motivo volvía a venir tarde al día siguiente nuevamente se esforzaría por llegar puntual.

Aquella mirada en el vacío de ese pequeño de 6° grado, cambio a una juguetona y vivaz, se dibujó alivio en su rostro y después de un largo pero muy largo rato, al fin le toco su turno para ingresar a Dirección que ya no fue necesario porque comunique a la Directora que mientras esperaba hablamos e hicimos un trato y que desde ahora yo me responsabilizaba por su puntualidad.

Desde aquel día, un toc toc  se escucha en mi ventana, cada mañana, un niño alegre me mira a través de él, señalándome que llegó temprano y una V representada con mis dedos le da la bienvenida.

 “Todo lo hago mal” fue la expresión de aquel niño que quizás nadie escucho hasta aquel momento en la banca sentada junto a alguien que no era maestra, pero desde aquel día me di cuenta que no era verdad todo aquello que decían de él. Una vez en una actuación en el Coliseo del plantel, finalizada la actividad recogíamos las sillas que habían dejado en desorden los estudiantes que salieron presurosos al recreo, de repente veo a un lado un niño ayudando, era Frank que alegre sin que nadie se lo diga estaba acomedido juntando  las sillas; en la sección de 6° “A” hay un niño que cuando sus compañeros tienen alguna dificultad inmediatamente se presta a apoyar; que cada vez en el recreo cuando por el patio donde juega fulbito alguna persona se atraviesa por el campo de juego, detiene a todos para que no golpeen con el balón a quien pasa, ese es el “niño que todo lo hace mal”.

Desde de aquel encuentro me propuse resaltar lo bueno de este niño las veces que lo vería y fue así que a los dos días después de conversar, me encuentro con su maestra y le digo frente a él con mucho entusiasmo:

Miss ¿Frank es tu alumno…..?

Ella abrumada por el cansancio del día sin escucharme, empezó a quejarse por lo  impuntual que era y que ya no tenía corrección.

Antes de que prosiguiera con su queja, la interrumpí diciendo:

¡Miss, pero HOY Francito llego temprano! ¡Él se está esforzando!,

La profesora comprendió la intensión de mi expresión y callo con prudencia y vi cambiar el rostro apenado de Frank que escuchaba, a un rostro sonriente de alguien que se siente reconocido y valorado.

No era mi función, prestarle atención aquel niño, no era mi labor como administrativo escucharlo, no era mi competencia preocuparme por aquella mirada en el vacío, pues alguien hubiera dicho “zapatero a tus zapatos”, no soy zapatero pero soy un ser humano que no ha puesto Xiolocaina en su alma y se atrevió a dejar huella en aquel corazoncito quebrantado.

Frank es el tercero de 5 hermanos, vive con su mamá y su padrastro que es 10 años menor que ella, su papa cumple condena en la cárcel, los hermanos mayores no respetan ni hacen caso a su mamá. La mamá a sus dos hermanos menores los dejo con los abuelos y al segundo  hermano lo mando donde el padrino porque ya no puede con él. La mayor no quiere estudiar, está en 5° grado de secundaria.

Esta no es una historia que salió de la fantasía, es una vida de un niño que día a día se esfuerza por hacer algo diferente, es pequeño y corto sus intentos como su edad y sus fuerzas, pero grande es su alma que grita “no soy el impuntual” soy un niño solidario, un niño atento, un niño acomedido, un niño… que solo quiere ser niño.

Tu y yo podemos hacer la diferencia y cambiar la vida de muchos Frank, dejemos que la Xilocaina que adormece nuestra alma, sea metabolizada por nuestra sensibilidad y nunca más pasemos de largo o pensemos que “no soy La especialista”, porque un solo instante de nuestra atención puede hacer la diferencia y dejar huella en el corazón de quien más lo necesita.

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